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LUIS MIGUEL SÁNCHEZ TOSTADO DESIGNADO PREGONERO DE LA XXXI FERIA DEL LIBRO

   

Feria del Libro 2016Luis Miguel Sánchez Tostado ha sido designado por la Delegación Provincial de Cultura, Pregonero de la XXXI Feria del Libro de Jaén. El acto público del pregón inaugural se celebró el 9 de mayo de 2016 en el salón de Actos de la Biblioteca Provincial de Jaén. Intervinieron, además del autor, la Delegada del Gobierno de Andalucía, D Ana Cobo Carmona, la Delegada Provincial de Cultura: Dª Pilar Salazar Vela y el presidente de la Asociación de Libreros: D. Francisco González Espinar.

Con este acto se dio el pistoletazo de salida a la XXXI edición de la Feria del Libro en Jaén.

En la parte inferior de esta página se incluye íntegro el texto del pregón.

 

 

 
 

XXXI edición Feria del Libro de Jaén
PREGÓN INAUGURAL
Luis Miguel Sánchez Tostado

            Amigos, autoridades, paisanos.
                Aquella mañana de abril, más clandestina que tibia, andaba, sin saber por qué, sumido en una cuestión recurrente:
                ¿Por qué la palabra “picual” no está en el diccionario de la RAE?
                La voz de Paco, el bigotudo bonachón del Centro Andaluz de la Letras, sonó por el auricular de mi teléfono. Ruiz Funez me lo anunció con aquella voz afelpada que precede a las buenas noticias.
                ¿Yo pregonero de la Feria del Libro?
                Cuando me informó, lo primero que acudió a mi cabeza, fue una voz del pasado: la de Carlitos, mi amigo de la infancia. Su timbre ratón entonaba musical el viejo chiste, aquel que preguntaba, entre risas y alargando mucho las últimas vocales, por qué papá mató al pregonero. Fue lo primero que pensé. No me pregunten por qué. Cosas de la resaca, o de mis hervores excéntricos, vaya usted a saber. Cuando la voz de Carlitos se desvaneció en la sentina del pasado, se hizo nítida la de Paco, y con  ella, —ahora sí—, un inesperado honor y un orgullo silencioso.
                Por un momento pensé que se habían equivocado de persona, porque hay una tradición jaenera que dice que, si no eres forastero, no existes. Pero un servidor es más de la tierra que las aceitunas de cornezuelo y los ochíos, y más autóctono que las patatillas de Casa Paco y los alcaparrones, de ahí que mi honor fuese inesperado. Pero Paco Ruiz Funez, el amante de los libros, me sacó de dudas: “Hemos pensado en ti, por tus 26 años como escritor, tus 30 libros, y porque te lo mereces”. Entonces, con la risa tonta, uno se impla de satisfacción, se esponja como un pavo real y finges una modestia más falsa que un euro de madera.
                Salvado el primer trance, dos cuestiones. La primera, ¿cómo salir airoso con los pregoneros que me precedieron? Salvador Compán, Julio Llamazares, Antonio Soler, Maruja Torres, Manuel Rivas, José Mª Merino, Ángel Cagigas y Luis Antonio de Villena. Ahí es nada. La segunda es más profunda, una cuestión metafísica que desvela mis noches, que nubla mi entendimiento, que me arroja a la brumosa zozobra de la incertidumbre:
                ¿Por qué cojollos no está “picual” en el diccionario de la RAE?
                Pregonero de la Feria del Libro en el 400 aniversario de la muerte de Cervantes y de Shakespeare. Vocero de mi querido Jaén, de la tierra que me parió, la del ronquido solano, la de las obras inacabadas, la villa vieja de Andalucía la alta, la de callejas pinas, la del viejo alcázar, la catedral del suspiro patrimonial eterno; la de miradores bermejos, la del conformismo güevon y sempiterno, aquel que enervaba a Miguel Hernández. La Yayyan de la eterna guarda, la del paso de caravanas, la del paso de largo y la del paso de todo. 
                Siendo un niño, entre calcomanías, mirindas y anisicos, —hablo del Pleistoceno—, descubrí la lectura con Los Cinco de Enid Blyton. Supe entonces que había vida más allá del Catecismo, un universo de aventuras, de ojos abiertos de par en par, de sorpresas, de estremecimientos, de intrigas, de imaginación, de emociones… El primer libro, si te gusta, te marca, detrás vendrán otros. Si no te agrada y te lo imponen, lo aborreces. Luego cuesta arrancar. Por eso es tan importante que los padres inculquemos con amor el hábito de la lectura, como una fantástica alternativa a los IPod, las tablets y los Whatsapp. Ahí están nuestros libreros para asesorarnos entre la amplia oferta editorial juvenil. De paso, ya que estamos, elijamos otro libro para nosotros; que por mi honor existen mil universos más allá del Marca y de Las 50 Sombras de Gray. Porque leer no quita tiempo, lo multiplica, lo acrecienta, lo regala, lo agiganta, es el viático generoso que sustenta los mejores momentos de nuestro viaje por la vida.
                Mientras escribo este humilde alcance, me asalta, y me apena, la situación actual de los ensayistas, poetas, novelistas y dramaturgos de Jaén. Soledad frailuna que he vivido en carne propia. Aún así, me siento afortunado porque, en mis verdores, me tocó en suerte un tiempo menos áspero. Soledad ante instituciones que ya no publican, o que desconvocan certámenes literarios, y se olvidan de que los premios de periodismo, poesía, relato y ensayo eran —y volverán a ser si se recuperan—, un acicate que estimula la creatividad y abre puertas a la proyección local.
                Recortes, dicen.
                Los mediocres siempre vieron la literatura como algo prescindible, con y sin crisis, porque al Poder nunca les interesó un pueblo culto e informado.
                ¡Ay, necios que consideráis la cultura como un fasto, y no como un recurso para cambiar el mundo!
                El pasado 20 de febrero, 2.000 espontáneos nos manifestamos en Jaén. Se le llamó Movimiento Abierto por la Cultura. Pusimos el grito en el cielo y la voz en las calles, pedimos un cambio en el panorama cultural de la capital del Santo Reino. Que de reino le queda bien nada, y de santo, qué les voy a contar.
                A uno le pesa ver a jóvenes escritores, —y no tan jóvenes— que, con un talento excepcional, han de recurrir al mecenazgo, o a pedir préstamos para autoeditarse y vender sus libros de puerta en puerta. Como Avon Llama. Otros, se entregan a editores oportunistas que imponen unas condiciones tan viles como hacerles renunciar a los escasos derechos de autor y obligarles, además, a comprar sus propios libros y comprometerse por escrito a vender el número de ejemplares que garantice la inversión del empresario. Cuando veo a grandes promesas de Jaén rendirse, marcharse, o en el mejor de los casos, someterse a la beneficencia hospiciana decimonónica, no puedo evitar sentir un algo de terneza y un mucho de tristeza.
                Me acuerdo, fíjense, de Jesús Tíscar, un escritor de Jaén con una agudeza literaria y una pluma fuera de lo común que ha cosechado cincuenta y un premios literarios. Cincuenta y uno dije, sí, nacionales e internacionales. Tuvo que marcharse. A los chirlos mirlos, como tantos otros. Que nuestros creativos se aboquen a cruzar los adarves y largarse a otros reinos por desatendidos, es una pena que desvela mis noches, que me arroja a la zozobra de la incertidumbre. Bueno, esa, y ¿por qué coño “picual” no está en el diccionario de la RAE?
                Porque picual es nuestra excelencia, el oro líquido. Picual está en las etiquetas de nuestro aceite, en el mercado japonés y hasta en Wikipedia, donde leemos que “picual es una variedad cultivada de olivo también conocido como marteño, nevadillo y lepereño”. Que digo yo, que un millón de hectáreas no pueden equivocarse, que lo picual existe, lo juro por el hornero de los Caños, el de la cosa gorda. Pero hete aquí que la RAE, madre académica que vigila nuestro verbo, ha admitido voces que, de siempre, fueron corregidas como erróneas por los maestros de gramática: asín, almóndiga, murciégalo, dotor (el que nos cura, sin c), uebos (sin h y con b), gayumbos, okupa (con k) o toballa (con b).
                Once y treinta de la mañana. Carlitos, el del chiste del pregonero, termina su oración enunciativa y la muestra al profesor de Lengua:
Asín se ponga el murciégalo como una almóndiga, yo me bajo los gayumbos y me limpio los uebos con la toballa del dotor Martínez.
                El maestro, resignado, suspira y le endiña un Progresa Adecuadamente, porque aquellas voces están avaladas por la Real Academia de la Lengua, cuyo diccionario fue aprobado con diligencia por sabios insignes, tan locuaces y sutiles como don Félix de Azúa, el de Ada Colau y el puesto de pescado.
                Este humilde pregonero se pregunta, con el debido respeto a los conspicuos académicos de la RAE, si no era menester antes inculcar a los iletrados cómo se han de pronunciar aquellas voces, que aceptarlas sin más, y sentar precedentes de excelencia en simples vulgarismos. Para compensar —porque, eso sí, somos muy modernos—, colmamos nuestra lengua cervantina con anglicismos como twist, casting, parking, catering, dumping, footing, holding, jogging, leasing, lifting, living, overbooking, puenting, rafting, ranking, standing, surfing… y, la mejor, lunch. Qué hermosura de palabra: lunch (pero ojo, hay que pronunciar “lonch”). Dice la RAE que lunch es un almuerzo.
Jo, tía, después del jogging, disfrutamos de un lunch con catering de alto standing en el living de un loft que te cagas.
Qué bien hablas, Borja Mari.
                Eso sí, no busquen picual en el diccionario de la RAE, porque no está.              
                En fin, “dotores” tiene la Iglesia.
                María Moliner, ella solita, en su casa, escribió el magnífico Diccionario del Uso del Español, una joya con decenas de miles de acepciones, en plena vigencia desde 1962. La Academia no aceptó a Moliner entre sus miembros por ser mujer, y porque “sólo” escribió aquella impresionante obra a la que dedicó media vida. No ha debido cambiar mucho aquella discriminación por cuanto, al día de hoy, las mujeres son abrumadora mayoría en las carreras de letras, en los talleres de escritura creativa y en los clubes de lectura, pero siguen siendo minoría en libros editados, en crítica literaria y en galardones recibidos.
                Cambiando el tercio, bien merecen algunas palabras los libreros de Jaén, los del buen oficio, los que no dejan a un cliente sin su ejemplar ya tengan que buscarlo en las antípodas. Porque, evocando a Baptiste-Marrey, un librero es un romántico que trabaja 12 horas al día, lee por la noche y nunca se enriquece. Añado que un librero es un taumaturgo que vende sueños y administra magia impresa. Siempre recurrí a ellos para mis lecturas, para mis búsquedas y mis ventas. Y siempre respondieron.
                Cuando hablamos de Jaén, levantamos la barbilla orgullosos y alardeamos —yo el primero— de Juan Eslava, Muñoz Molina, Salvador Compán, Manuel Ruiz Amezcua, Antonio Garrido, incluso de la joven promesa Patricia García-Rojo. Pero hoy mis plácemes y alabanzas no van para ellos, porque los citados ya bruñen trofeos merecidos. Hoy, mi corazón está con los autores de mi tierra que bregan lo indecible por abrirse camino en el ascenso, sin faltarles talento ni razones: Jesús Tíscar, Molina Damiani, Alfonso Fernández, Yolanda Sáez, Pablo Peña, Javier Cano, Nono Granero, Isabel Tejada, Antonio Reyes, Antonio Garrido (el de Rus), Felisa Moreno, Raúl Cueto, Mara Leonor Gavito, Emilio Lara, Nicolás del Moral, Luisa Medina y tantos otros que omito para no extenderme. Literatura jaenera con gran variedad de matices y un alto rendimiento, es decir, picual. A ellos me dirijo desde mi efímera atalaya y les animo a seguir produciendo arte. Y a las autoridades que hoy nos acompañan, por Dios echen una mano —o dos— a esta buena gente, que no hay mejor legado para la memoria de los pueblos que heredar anaqueles colmados de arte y sentimiento popular. Y eso se consigue editando libros y difundiendo cultura. Que ser escritor, aún con la mochila peyorativa de teatreros, cuentistas y noveleros, es mucho más que una afición. Ser escritor es la generosidad de compartir los sueños, quitarle vida a la muerte, la hermosa penitencia de Amosse Mucavele, o, a decir de Lawrence Kasdan, tener deberes cada noche para el resto de tu vida.
                A un tris de epilogar este pregón, me descubro ahora ante los lectores, sobre todo ante aquellos que aplican la teoría borgiana cuando son incapaces de imaginar un mundo sin libros:
 Que otros se jacten de las páginas que han escrito,
que a mí me enorgullecen las que he leído, decía Borges.
                Me seducen los que aman la lectura, los que, en su afán de conocimiento, participan en talleres creativos, los que acuden a las presentaciones públicas, incluso los que se asocian para compartir experiencias. Pero sobre todo, me fascinan los que devuelven los libros prestados. A éstos sí que habría que hacerles un monumento.
                En Jaén, colectivos culturales y literarios como Café de Palabras, Círculo Ánimas, Frestón, La Caja de Lot, Novelados, el Club de los Imberbes, Lapislázuli, Oliversando o Poetry Slam, realizan una labor verdaderamente encomiable. En esta Casa de la Cultura donde ahora nos encontramos, desde hace años se reúnen dos grupos de lectores, tan discretos que, por no tener, no tienen ni nombre. Se llaman Club de los Martes y Club de los Miércoles. Paisanos anónimos que comparten una hermosa actividad: debatir cada semana en torno a un libro previamente leído. Así de simple y así de hermoso. Sin publicidad. Sin aspavientos. Sólo por el goce inmenso de la lectura y el placer de prolongar la magia más allá de los epílogos.
                ¡Qué grandes!
                Luego están los lectores que se atreven a escribir impulsados por la adictiva cadencia de embellecer sus reflexiones. Leen y escriben. Leemos porque cuando abrimos un libro somos mejores, porque le ganamos la batalla al aburrimiento y a la tristeza, porque pensamos por nosotros mismos y somos más libres. Y escribimos para perder la noción del tiempo, para ser jóvenes, para ser inmortales, para tener lo que no tenemos.
                El Nobel de Literatura André Gide, ante ciertos libros se preguntaba: ¿quién los leerá? y ante ciertas personas se preguntaba ¿qué leerán? Pero al fin, libros y personas se encuentran. La Feria del Libro es uno de esos acontecimientos donde personas y libros se buscan, se encuentran y confraternizan. Una coyuntura ideal para una ciudad un poquito más libre y más democrática.
                A mí me gustaba perderme por los expositores coloridos de las casetas, sumergirme en ese olor a tinta nueva y a papel en reposo; ese ambiente callejero, de bullicio y música enlatada. Lo echo en falta desde hace algunos años, pero dicen que el año que viene ya toca.
                Aún recuerdo aquella Feria del Libro de 1997. Me sentí importante cuando José Luis, el librero de Metrópolis, me invitó a firmar ejemplares de mi primer libro sobre Jaén en su caseta del Paseo de las Bicicletas. La megafonía no cesaba de repetir: “Esta tarde, Luis Miguel Sánchez Tostado firmará ejemplares de su obra Historia de las prisiones en la provincia de Jaén”. Pero a Luis Miguel Sánchez, por entonces, no lo conocían ni en su casa y no se vendió ni un solo ejemplar en toda la tarde. Los ojos compadecidos del librero parecían decir “chominá que briegues”. Ante el fracaso de mi primera firma, José Luis, viéndome alicaído, me regaló un libro cuyo título me venía aquella tarde como anillo al dedo: “El capitán Alatriste”. Más por triste que por capitán. Casi veinte años han llovido. Pero como el destino compensa a los pacientes, no habría de quejarme en años venideros.
                Y dicho esto, pongo cumplido colofón, sin abusar del tiempo ni de la licencia que como vocero me otorgaron. Como bien dice el poeta Andrés Neuman, lo breve calla a tiempo, y lo corto, demasiado pronto. Humilde, me excuso ante ustedes si, por novicio pellejo, huí del tradicional y solemne discurso, pero vi menester vocear las grandezas de nuestros autores, libreros y lectores, sin obviar las miserias para discernir. Que ya no llueve caspa en Jaén, que el ni pollas va en desuso y no se oyen exabruptos piturderos. Por no haber, ni humo en las tabernas, ni cabezas de gambas en el suelo del Zurito. Que la cultura ya no es cosa de los señoritos ni de los sectarios del pesebre. Que en Jaén sí hay, creedme. Que hay gente, arte, pasión, ganas de saber y jóvenes lúcidos que empujan y llaman a unas puertas que tenemos la obligación de abrir.
                Que manden un alguacilillo a la Academia de la Lengua y que les diga a los ilustres del luch –o del loch, que picual existe, que lo tenemos en Jaén y es el oro de nuestra excelencia, de nuestros olivos y de nuestra poesía.
                Y ahora, que comience la Feria de los libros en flor y que se desate la primavera literaria, con todos sus esplendores.
                Leed, paisanos, gozad del arte de las letras y, sobre todo, sed felices.
                Muchas gracias, y hasta más ver.

 

 

 
 

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