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Quesadeños Ilustres

Pedro Villar Gómez

Avatares de un quesadeño de extraordinaria relevancia política durante los años más difíciles de la historia contemporánea española

(Publicado en la Revista Cultural de Quesada, agosto 2004)

Por Luis Miguel Sánchez Tostado.

Pedro Villar GómezHablar de Pedro Villar Gómez es hablar, sin duda, de uno de los personajes más relevantes que ha dado Quesada en los últimos cien años. Por tal motivo, y tal vez arrogándome atribuciones que no me competen, sugiero al ayuntamiento que modifique el nombre de la calle donde residió este notable vecino. La actual calle de Don Pedro Diez de Quesada (antes Queipo de Llano) era conocida popularmente como la calle de Don Pedro, ¿tal vez refiriéndose a Don Pedro Villar Gómez?. Y no es baladí este argumento pues la trayectoria pública de este ilustre quesadeño y los inextricables tiempos que le tocó vivir, bien merece que sea recordado, cuanto menos, en el callejero de Quesada.

Pedro Villar fue un hombre de una cultura y una sensibilidad fuera de lo normal. Abogado de gran prestigio, durante la II República militó en el Partido Radical Republicano, fundado en 1908 por Alejando Lerroux hasta que, en 16 de mayo de 1934, por escisión de Martínez Barrio, se crea Unión Republicana, partido en el que militó y en el que ocupó la máxima responsabilidad en Jaén siendo su Secretario Provincial. Ostentó cargos tan relevantes como Presidente de la Diputación Provincial de Jaén. Persona católica, pero con una arraigada mentalidad democrática, no permitió que se implantara en la provincia la enseñanza laica en detrimento de la religiosa mientras presidió la Diputación Provincial.

La considerable fortuna de su familia hizo que, pese a su ideología democrática, las autoridades republicanas de Quesada actuaran contra él como con cualquier otro terrateniente y, al iniciarse la guerra, le fueron incautados sus bienes en el pueblo y saqueadas sus casas y fincas, por ejemplo las 2.000 arrobas de aceite que tenía pignoradas en el Banco Hispano Americano y que se encontraban depositadas en julio de 1936 en la finca “Fique”, propiedad de su esposa Dolores Delgado.

Pese a todo, el gobierno republicano le consideró una persona valiosa y de la máxima confianza al ofrecerle un puesto de tanta responsabilidad como la Dirección General de Prisiones. Pedro Villar fue, al comienzo de la guerra, el máximo responsable de todas las instituciones penitenciarias del país. A los excesos que se cometieron por entonces en las cárceles había que añadir el acicate personal de conocerse que un hijo suyo, Bernardo Villar, militar profesional, fue uno de los militares sublevados en Córdoba.

Bernardo Villar, hijo de Don Pedro, era, por aquellos tiempo, capitán de artillería y fue uno de los oficiales que, bajo las órdenes del General Cascajo, tomaron el Gobierno Civil de Córdoba el 18 de julio de 1936. También tomó parte directa en la toma de municipios cordobeses como Villarrubia, Almodóvar, El Carpio, Villafranca de Córdoba así como la ocupación de Málaga, ofensiva a Pozoblanco, defensa de Villafranca (donde su batería fue distinguida), operaciones de Extremadura, proyecto de desembarco en Cartagena a las órdenes del coronel Redondo y la defensa del sector de Peñarroya, uno de los últimos reductos cordobeses.

Padre e hijo, unidos por el amor, separados por la guerra. Paradojas de una guerra sin sentido.

La matanza masiva de presos derechistas procedentes de Jaén en la estación de Vallecas el 11 y 12 de agosto de 1936 (expediciones conocidas como los “trenes de la muerte”, entre cuyas víctimas se encontraba el Obispo de Jaén, Manuel Basulto Jiménez), así como los excesos cometidos por milicianos en las prisiones madrileñas, le hicieron dimitir del cargo al mes siguiente (septiembre de 1936). La moderación de Pedro Villar, su concepto de democracia, su sensibilidad, el respeto a los derechos humanos en un periodo donde se desataron ánimos devastadores de aniquilación por ambos bandos, fue determinante para decidir su marcha de las instituciones y del país exiliándose en Francia al sentirse gravemente presionado por los dos bandos en guerra. Presión que recibía, por un lado, de la radical exaltación de las milicias republicanas que veían en él un acaudalado burgués de ambiente selecto y laxitud incompatible con la revolución; y por otra parte, por el régimen franquista nacido tras la victoria que vio en él un fiel colaborador del gobierno republicano ostentando cargos de responsabilidad. Un enemigo del Movimiento.

Y de ello es buena prueba, por una parte, sus denuncias que, como Director General de Prisiones, elevó al Ministro de Justicia sobre los desmanes cometidos en las cárceles de Madrid a su cargo:

Ilmo. Sr.

Con esta fecha digo al Sr. Ministro lo siguiente: reiteradamente me viene manifestando el director de la prisión celular y el de San Antón de esta ciudad que la Dirección General de Seguridad envían a aquellas prisiones a agentes de vigilancia y milicianos para practicar registros a los reclusos y en las dependencias de estos establecimientos.

Junto a lo irregular del procedimiento, toda vez que el orden interior de las prisiones compete única y exclusivamente a esta Dirección General por medio de funcionarios del Cuerpo de Prisiones, son de señalar los acentuados y evidentes peligros que se derivan de aquella intromisión para la que no se han cubierto ni los más elementales trámites de cortesía con este Centro Directivo.

En primer término, los agentes de vigilancia, y mucho más los milicianos, no han de ver en el preso el sujeto sometido a la ley y serena garantía del Estado, sino que lo consideran como beligerante, acomodando la actitud a este concepto. En una de estas interrupciones en la prisión celular, una miliciana dirigiéndose a los presos comunes en tono de arenga apostrofó a los presos políticos de este momento, con los más duros epítetos cuando estos reclusos desfilaban para pasar a celda una vez terminado el tiempo de paseo. A estas apóstrofes se sumó el griterío de los presos comunes. Estas milicias, durante sus registros, ofrecen a los reclusos comunes ponerlos en libertad en plazo breve lo que siembra la natural inquietud que cristalizará en actitudes violentas de los reclusos al no ver cumplidos estos ofrecimientos.

Pero es más, ayer noche los milicianos entregaron algunas pistolas a los reclusos comunes y sacaron de la prisión y se llevaron a uno de los sometidos a la Ley de Vagos. Se recogió por el personal de prisiones y en presencia de los milicianos armas de las entregadas a los reclusos, sin que se tenga la seguridad de que todas hayan sido recogidas.

La noche anterior, de madrugada, alegando que se tiroteaba desde el interior de la prisión de San Antón, se presentaron numerosos agentes y milicianos que encontraron el establecimiento en la quietud y silencio propio de la hora, practicando aquella hora un ligero registro. Acompañaban a los individuos armados de fusil y pistola, otros armados de ametralladoras. En la mañana de hoy, Excmo. Sr., se ha presentado de nuevo en la prisión celular los milicianos y agentes para continuar los registros y manifestando van a registrar e inspeccionar oficinas, administración, libro de contabilidad, etc. Todo lo cual crea una situación de gravedad que estimo sumamente delicada.

Formando parte de estas milicias van reclusos salidos de la prisión hace escasos días y todo su afán es denostar a los funcionarios y quebrantar aquellos fundamentos mínimos de disciplina que han de existir en la vida de una prisión, con lo cual puede temerse muy fundadamente que estas prisiones se desarrollen sucesos lamentables y de gravedad de no cortar de plano tales ingerencias y desmanes.

Todo lo cual pongo en conocimiento de VE con el ruego de que pida al Sr. Ministro de la Gobernación adopta las medidas necesarias para evitar lo aquí expuesto y los peligros de aquellos actos se derivan como natural y lógica consecuencia, y que tan entredicho dejaría el prestigio del poder.

Lo que me permito trasladar a V.I. para su conocimiento y efectos oportunos.

Viva V.I. muchos años.

Madrid, 22 de agosto de 1936

El Director General

Rubricado: Pedro Villar
”.

Al mes siguiente dimitió del cargo, porque una cosa era la defensa de la legitimidad republicana surgida democráticamente, y otra muy distinta era legitimar la violencia contra los presos en la retaguardia.

Concluida la guerra Franco ordenó la búsqueda y captura de Pedro Villar, pero a esas alturas ya se encontraba fuera de España. Al régimen no le quedó otro recurso que proceder contra sus propiedades a través del Tribunal de Responsabilidades Políticas (igual que hicieron los republicanos contra él al iniciarse la guerra). Fue incoada la causa 29/1939 en la que embargaron los bienes inmuebles del matrimonio cuyo valor ascendía a casi un millón de pesetas, una verdadera fortuna para la época.

Los bienes embargados fueron los siguientes[1]

Propiedades de D. Pedro Villar

Valor en 1939

Cortijo “El Horcajo” (Quesada), 225 fanegas
(afectado por una pensión vitalicia a favor de Dª Encarnación Vela, viuda de Alcalá, por cantidad de 1900 pts. anuales pagaderas por trimestres vencidos).

90.000 pts

Herencia de su padre D. Bernardo Villar Martínez.  (participación aproximada)

40.000 pts.

Propiedades de su esposa Dª Dolores Delgado:

 

Casería “Fique” (Quesada) olivar y monte, 300 fanegas.

325.000 pts

Casería “El Chorreadero” (Quesada) con 5.000 olivos aproximadamente.

125.000 pts.

Cortijo “El Pilón” (Quesada) de unas 300 cuerdas de tierra aproximadamente de las cuales 200 de pastos

135.000 pts

Cortijo “Las Cuevas” (Quesada) 600 fanegas tierra calma, 200 de pastos

135.000 pts.

Finca “El Acre” (Quesada) diferentes hazas con distintos linderos de 50 cuerdas, de las cuales 14 son de riego y el resto tierra calma.

70.000 pts.

Olivar “El Colegio” (Quesada) ext. aprox. 9 cuerdas.

13.500 pts

Casa en Quesada,  calle de Don Pedro.

15.000 pts.

Dos casas más y una cochera en Quesada

5.000 pts.

 

VALORACIÓN TOTAL APROXIMADA

 

953.500 PTS

 Peligraba un patrimonio familiar de extraordinario valor. De sus propiedades, la finca más popular en Quesada era “Fique”, que poseía unas 200 hectáreas en la que se empleó a un buen número de jornaleros. En la memoria popular aún quedan coplillas que refieren a sus dueños:

En el cortijo de Fique
ha nacido una amapola,
viva D. Pedro Villar
y su esposa Dª Lola
………………….
En el cortijo de Fique
hay dos carpinteros “nanos”,
uno come con los mozos
y otro come con los amos.

La defensa del proceso corrió a cargo del propio hijo del procesado, Bernardo Villar (enemigos en el frente), quien desarrolló un documentado y magistral alegato en defensa de su padre en el que afloran retazosemocionados del hijo que añora al padre exiliado:

“(...) Hubiera sido interminable la lista de testigos... pero creo que ilustran al tribunal como datos elocuentes los aportados hasta el momento, para no cansar vuestra atención, y aunque el detalle lo hubierais justificado con sólo saber que es el hijo quien, en este caso, defiende a su padre; que le conoce en su pensamiento y que tras de treinta y tres meses ansiando la terminación de la lucha para abrazarlo aún no ha podido ver cumplido tan humano deseo”.

Numerosas fueron las personas que declararon a su favor y relataron cómo viéndose en peligro fueron salvadosin extremis por la influencia directa delabogado quesadeño en el despacho de la Dirección General de Prisiones. La sentencia reconoce literalmente que:

"...el encartado Pedro Villar Gómez, antes y después del Glorioso Alzamiento Nacional, aparece como una figura destacada y prominente en Jaén y su provincia donde gozaba de gran influencia y consideración social ya por su condición de acaudalado propietario, ya por su alto nivel cultural conseguido a través de muchos años de brillante ejercicio en su carrera de abogado, ya por último sustentadas en una constante y dilatada actuación política, campo en el cual militó con diversas tendencias e ideologías siempre avanzadas, y dentro de las cuales obtuvo cargos e investiduras de notorio relieve, no solamente en la provincia de su naturaleza, sino también en la vida política nacional (...)”

Franco siempre consideró como enemigos a los que tenían “ideas avanzadas”. Pese a todo, Pedro Villar fue condenado a doce años de inhabilitación absoluta para todo cargo y empleo de carácter público o de empresa de cualquier orden y a una considerable multa de 120.000 pesetas (importante cantidad para la época). Los herederos debieron hacer frente a aquel montante en cuatro pagos anuales de 30.000 pesetas para evitar el embargo de los bienes y recuperar, finalmente, el patrimonio familiar.

Bien merece, pues, que el ayuntamiento retome el rótulo de la calle donde vivió y rinda, de esta forma, homenaje póstumo a un hombre curtido en la tolerancia, la cultura y la democracia, que sufrió el exilio y los rigores de una guerra inclemente.

Bien se merece una calle. La suya.

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NOTAS:

(1) Inventario incluido en la causa 29/1939, Expediente de Responsabilidades Políticas de Pedro Villar Gómez, AHPJ.
 

 
 

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