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Ojos de Luciérnaga

Edita: Asociación de Ayuda al Pueblo Saharaui (Jaén), 2012.

Por Luis Miguel Sánchez Tostado


Jamal cierra los ojos, se acurruca junto al voluntario y abraza su regalo de cumpleaños. Víctor le acaricia el pelo consiguiendo en el niño un efecto hipnótico. Repara en sus pies menudos, encallecidos de correr descalzo detrás de balones ajados. Por la mañana le entregó un paquete envuelto en papel fantasía y un gran lazo carmesí. El niño, efusivo, lo abrió con rapidez. Una camiseta del Real Madrid. Al dorso el número 7 y, sobre la rúbrica del mismísimo Cristiano Ronaldo, una dedicatoria manuscrita: “Para Jamal con cariño”. Saltó y gritó como un poseso. Fue el día más feliz de su vida. La noticia corrió como reguero de pólvora por las dairas de Tichla, Zug y Agüenit. Jamal entraba y salía de las jaimas mostrando la camiseta convirtiéndose en la sensación de la wilaya de Ausserd. Detrás de él, una legión de harapientos menudos gritaba y aplaudían sin cesar.

A Jamal le apasiona el fútbol. Así combate el tedio en las interminables jornadas en el desierto. Muchos miércoles se planta ante el viejo televisor en blanco y negro de Yusuf, para ver los partidos de la Champions League que Al Jazeera retransmite. Conoce de memoria las alineaciones de los clubes de la Premier y de la liga española. Dice que, cuando sea mayor, la FIFA le entregará el balón de oro y, ganará tanto dinero, que comprará muchas cabras y dromedarios. Ahora Jamal duerme abrazado a su tesoro blanco firmado por CR7, junto al héroe que consiguió –sin saber cómo- la firma del astro del balón.

Yusuf -abuelo de Jamal- les observa en silencio. Es un tipo solitario. Nunca duerme. Su impronta es la de un viejo escuálido de piel curtida plisada de surcos arados por el sol de Argelia y mil pesares. Tiene la mirada perdida en el universo de los desheredados; pausada en el zenit de un cansancio perpetuo. Algunos piensan que el desaliento hurtó su cordura y apagó el brillo de su esperanza. Contaba con veintisiete años cuando sufrió en sus carnes la masacre alauí de 1979. Los habitantes del Sahara tenían puestas sus esperanzas en la España que explotó sus minas y caladeros desde el siglo XIX. Tras la muerte de Franco, los habitantes de la colonia española casi tocaron con sus dedos la libre determinación, el fin de dominios foráneos. Pero sólo fue un espejismo. Otro más de los muchos que emergen de las arenas ardientes. España se desentendió y, lejos de promocionar un referéndum, entregó la colonia a Marruecos que les invadió. Con la ayuda de EEUU, el país alauita bombardeó a la población civil con napalm y fósforo blanco produciendo cientos de muertos y una diáspora de exiliados que huyeron al desierto. A continuación construyeron el muro de la vergüenza. Casi 3.000 kilómetros de blindaje minado para impedir el regreso de los refugiados que intentaron, infructuosamente, guerrear durante tres lustros. Yusuf gastó sus mejores años en el Frente Polisario luchando con exiguos medios por algo tan elemental como el derecho de su pueblo a residir en su territorio y decidir su futuro. Fue inútil. Más de tres décadas abandonados a su suerte en los campamentos argelinos de Tindouf, en el lugar más árido del planeta. Cincuenta grados durante el día, cinco bajo cero de noche. Sin agua, si tierras de cultivo, sin dignidad. Treinta y seis años sepultados por un olvido eterno, diáfano, tan incierto como el destino que ocultan las dunas, que no es otro que más y más dunas. Vivir de la caridad internacional diezma la autoestima y mancilla el honor.

Yusuf asiente agradecido a las organizaciones humanitarias, pero no tarda en regresar a su abismo silencioso. Un paisaje interno desolado por la resignación y la soledad. Acompañado por una cabra tan flaca como él, pasea su enjuta figura por los eriales yermos. Piensa en los años perdidos, en la sinrazón de su vida proscrita, en su esposa Fátima -muerta por inanición-, en el penar de hijos torturados. Evoca su orgullo hollado sin comprender cómo Alá, en su infinita grandeza, inflige un castigo eterno a su pueblo, ni entiende los motivos para una aflicción constante, ni cómo el Amo del cielo y de la tierra permitió los horrores que sus ojos vieron. El avieso destino no es óbice para que suspire, de vez en cuando, un resignado Allahu akbar [Alá es grande].

Con todo, lo que consume su alma, lo que desgarra cada minuto de su existencia, es el destino incierto de su primogénito Aziz Jusuf encarcelado en el Sahara occidental. Hace un par de meses Zahra -esposa de Aziz y madre de Jamal- fue vejada y violada por los guardias cuando intentó visitarle en la cárcel de Dahla. Después la abandonaron en el desierto como a un perro. En la wilaya todos conocen la historia, pero callan prudentes. El silencio es solidario, cómplice de la ignominia compartida.

La noche es fría. Víctor arropa a Jamal. Con un palo aviva los rescoldos humeantes de la hoguera. En el desierto todo es constante, imperecedero. Quietud pertinaz donde nada ocurre ni transcurre. El silencio de la noche es tan intenso como el sol abrasador de sus días. Fuera de la jaima, el berrido lejano de un dromedario. Dentro, la respiración profunda de Jamal y el movimiento silencioso de sus pupilas bajo los párpados.

Desvelado, Víctor repara en aquella pobre gente. Hasta el agua podrida y racionada la valoran como el mayor tesoro. Cuatro litros de agua no potable por persona y día. Camiones cisterna la repostan en depósitos mugrientos plagados de insectos y sabandijas. En occidente usamos el agua para las cisternas del váter. Agua potable, clorada y tratada, para acompañar en el viaje a nuestros excrementos burgueses. ¡Ay, nuestro occidente! Cuna y pináculo de la civilización. Meca del consumismo, del capitalismo ortodoxo y la doble moral. ¿Cómo pudo España abandonar a este pueblo indefenso y entregarlo a su opresor? La ONU no reconoce la soberanía marroquí, pero poco importa. El Frente Polisario proclamó su independencia en 1976 creando el Estado de la República Árabe Saharaui Democrática  (RASD). Ochenta y dos países -curiosamente los más pobres del mundo- la han reconocido. Los poderosos guardan silencio sin ruborizarse. Entre ellos España. Los pobres se apoyan. La miseria les une. Los ricos pactan intereses económicos, sellan tratados, silencian violaciones de derechos humanos y forjan alianzas promoviendo cada vez mayores desigualdades. ¿Qué realidad estamos construyendo?

Víctor siente una punzada de angustia. Deja caer su cabeza hacia atrás. Puede ver el fulgor de algunas estrellas por el hueco del mástil de la jaima, por donde escapan el humo y los sueños. Recordó las palabras de aquel conferenciante que aseguraba que los buscadores de Internet desvelan los gustos occidentales. Él mismo lo comprobó cuando tecleó en Google “violación de los derechos humanos”. Obtuvo 6´9 millones de resultados. Después escribió “hambre en el mundo”: 3´5 millones, “Pueblo saharaui”: sólo 1´4, menos aún “refugiados saharauis” con 0´3.  Luego probó con otras búsquedas: “Religión”: 46 millones, “Vaticano”: 50, “Coca Cola”: 169, “Dior”: 195, “Chanel”: 280, “Adidas”: 715 millones. El record: “Sexo”, con 2.810 millones de resultados. No hay duda de que la luz que rige el designio de los desamparados procede de estrellas ahumadas por el velo brumoso de los sueños rotos.

Jamal continúa abrazado a su camiseta. Se negó a ponérsela porque,  según dice, todavía conserva el olor del internacional portugués. Desconoce que Víctor la compró en el mercadillo de Jaén y, con un rotulador indeleble, imitó la firma de crack copiándola del póster, que también le regaló como prueba indubitada. ¡Qué poco cuesta hacer feliz a un niño pobre!

Según la revista Sport Foot Magazine, el jugador madridista obtuvo el pasado año unos ingresos de 27,5 millones de euros, entre sueldo y contratos publicitarios. Más aún ingresó Leo Messi con 31 millones de euros por ambos conceptos. Fernando Alonso cobra 32 millones de dólares. 19 millones de euros son los ingresos de Pau Gasol. El tenista Rafa Nadal gana casi 500 euros por minuto. Un año tiene ¡525.600 minutos! Mejor no hacer la cuenta. El Real Madrid desembolsó 94 millones de euros por Cristiano Ronaldo. 15.640 millones de las antiguas pesetas. ¿Qué está pasando en mi país? ¿Qué carajo pasa en este planeta? ¿Dónde se esconden los valores humanos, la moral, la empatía, la solidaridad y las prioridades? ¿Por qué vemos como algo normal lo que no son más que enormes indecencias? -piensa.

Víctor cree que el orden capitalista potencia el monopolio internacional de la economía. El capital financiero, la banca, las multinacionales y la concentración de la riqueza son la base de un imperialismo neoliberal salvaje que desata derramamientos de sangre y financia guerras e invasiones por simple ánimo de lucro. Sostiene su hegemonía mediante el servilismo de gobiernos corruptos en el tercer mundo. Presidentes de Estados pobres se doblegan y se someten mientras son esquilmados y expoliados los recursos naturales de su país. Jodidos y agradecidos. Deforestación, contaminación, cambio climático, tráfico de armas, intervencionismo militar, desigualdad norte-sur, crímenes de guerra, maltrato a prisioneros, torturas, asesinatos, refugiados, segregación racial, explotación infantil, discriminación femenina, violaciones continuadas de los Derechos Humanos. La voluntad se compra con dinero, sobre todo cuando la vida anda desvalida por la necesidad.

Sumido en estas cavilaciones, le resulta imposible dormir. Decide no pensar. ¿Para qué? Enciende el portátil, coloca el pincho en la conexión USB y accede a su correo. El fulgor de la pantalla ilumina su espacio. Los ojos del viejo Yusuf brillan en la oscuridad como dos grandes luciérnagas. Nunca duerme.

En su carpeta de entrada tiene un e.mail de la Federación Andaluza de Asociaciones Solidarias con el Sahara. Es un reenvío masivo de Elmani Amar Salen, presidente de la Organización Saharaui contra la Tortura. Informa de la reciente escalada de terror en Dahla donde se han practicado detenciones indiscriminadas, malos tratos y vejaciones de todo tipo. Adjunta un listado de presos en la cárcel negra del Aaiún y denuncia la muerte con síntomas de malos tratos del saharaui Aziz Jusuf Akmach.

Un relámpago le corta el aliento.
- ¿Aziz Jusuf? ¡No puede ser! –piensa para sí removiéndose en su camastro. Le recorre la espalda un escalofrío doloroso.
- Tiene que ser una coincidencia. ¿Akmach? Debe tratarse de otro Aziz –se decía.
Víctor sabía que el primer apellido de un musulmán corresponde al nombre de su padre y el segundo al de su abuelo. El anciano le observa en silencio con sus ojos de luciérnaga. Víctor gatea hasta él.
- Yusuf, sé que entiende mi idioma… Dígame, ¿Cuál es el segundo apellido de su hijo Aziz? – le pregunta en voz baja.

No responde. Se limita a mirarle con ojos líquidos. Víctor insiste pero Yusuf no abre la boca, parece absorto en su mundo perdido. Desiste y se sienta junto a él. Respira hondo, cruza los brazos sobre sus piernas flexionadas, levanta la cabeza y observa de nuevo el centelleo ahumado junto al mástil. Hay un mundo que no vemos, que no sentimos en carne propia. Un mundo de hambres y miserias, donde la explotación y la humillación de los seres humanos -jamás lo imaginó en su juventud- es obra de otros seres humanos. 

-Akmach –prorrumpe Yusuf con voz quebrada- Aziz Yusuf Akmach.

Víctor, compungido, aprieta la mano sarmentosa de Yusuf. Ahora comprende sus silencios y el pábulo de su mirada otoñal delatora de conocimientos y pesares. El anciano, que reparó en el descubrimiento de Víctor, señala con el índice a Jamal y se lleva el índice a los labios imponiendo silencio. No debe informar al niño de la muerte de su padre. Después regresa al ensoñador abismo de sus pensamientos. Lágrimas fluorescentes se escapan silenciosas de sus ojos de luciérnaga, serpentean por los pliegues de su rostro y se pierden en su barba blanca, de siglos.

Bajo un cielo de estrellas ahumadas, Yusuf nunca duerme.



  

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