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Cuando los presos esquivan la censura.
Las radios de galena en la cárcel jiennense

(Publicado en la revista Senda de los Huertos, nº 39-40)

Radio de galenaPor Luis Miguel Sánchez Tostado



Desde la aparición de la incomunicación humana con los primeros confinamientos, el cautivo se ha servido de múltiples e ingeniosos medios y artilugios para procurarse el contacto con el exterior del presidio buscando la «comunicación».

Un contacto con el que pretendía eludir los controles legales y procurarse noticias procedentes de extramuros esquivando la censura propia de las instituciones totales. Estos hechos se multiplican cuando se trata de presos políticos donde el conocimiento de las noticias y partes procedentes de los frentes de batalla eran de vital importancia para las esperanzas o desesperanzas del encarcelado y de las que podía sospechar su pronta liberación o, tal vez, intuir su muerte.

En los años treinta no había más medios de comunicación que los diarios, alguna revista y muy pocas emisoras de radio. En la provincia tan sólo Radio Jaén emitía exiguas programaciones basadas en partes informativos y música clásica. Al estallar la guerra los medios de comunicación fueron utilizados, de forma lógica, como elemento de difusión de las consignas y discursos del bando que imponía su poder. Una férrea censura controlaba las emisoras de ambos bandos por lo que reinaba la desinformación y la desorientación, abundando toda clase de murmuraciones y rumores sobre la veracidad de las noticias. Aparecían entonces los mensajes clandestinos que tenían como misión intentar suplir la información censurada y esquivar las prohibiciones de medidas de seguridad.

Tanto los presos del bando sublevado (que se hacinaban desde los primeros momentos en la prisión provincial, la Catedral y otras edificios habilitados), como los reclusos republicanos posteriormente represaliados por la dictadura franquista, utilizaron los más variopintos medios para conseguir información del exterior siendo ésta, en ocasiones, mucho más valiosa que el precario sustento alimenticio.

Mensajes grabados en el envés de la ropa, consignas escritas con la tinta invisible del jugo de limón en los papeles de estraza que envolvían la comida, camuflaje de prensa de campaña, utilización de enlaces de confianza que podían salir y entrar del establecimiento, pequeños paquetes arrojados a los patios desde el exterior... Todo parecía insuficiente para calmar el desasosiego del que espera tras las rejas un destino incierto.

Durante 1936 fueron incautadas en Jaén la práctica totalidad de los receptores de radios de válvulas que sólo los más afortunados se podían costear. Estos aparatos, equipados con la tecnología punta de la época, lograban concentrar a toda la vecindad en torno a aquellos enormes mamotretos que ocultaban sus enormes lámparas entre repujadas maderas, floridas telas y tapetes de croché. Era el símbolo de una sociedad que descubrían, paso a paso, la comunicación audio-descrita y el inicio de la ruptura de aquella monotonía provinciana en torno a mesas-camilla, braseros de erraj y seriales. Pero la guerra dio al traste con todo aquello.

La mayoría de los entonces «modernos» y aparatosos transistores, fueron requisados por orden de las autoridades del Frente Popular lo que motivó la reaparición y el auge de las arcaicas y artes anales radios de galena utilizadas ya en los años veinte.

De esta forma y, a través del ingenio que pronto aflora en la mente del confinado, comenzó a aparecer en la cárcel de Jaén unos artesanales y curiosos artilugios con los que se lograba escuchar, aunque muy precariamente, el noticiario de la única emisora que como decimos, había en Jaén por aquel entonces: Radio Jaén, así como la interceptación de mensajes y proclamas de las emisoras clandestinas.

La galena, un mineral, por entonces, muy abundante en las minas de Linares y La Carolina, tiene la curiosa propiedad de ser un magnífico detector de ondas de radio de alta frecuencia. El sulfuro de plomo, que así es su nombre, y un pequeño auricular, eran los únicos elementos que el recluso necesitaba del exterior para la fabricación de este curioso invento, el resto de los componentes se podían apañar con algunas piezas inservibles y mucha imaginación. Además poseían la sorprendente ventaja de no precisar alimentación eléctrica alguna.

Los familiares hacían llegar al preso una pequeña piedra de galena (era suficiente con 1 cm2, o incluso menos) oculta en la comida o entre la ropa, al igual que una finísima hebra de hilo de cobre de unos 8 o 10 metros que, plegados, formaban una pequeña bolita fácil de camuflar. Lo más difícil debió ser la introducción del auricular pues, aunque de pequeñas dimensiones (3 o 4 cm. de diámetro similar a los que portaban los teléfonos), era más fácilmente detectable.


Una radiofonía artesana

En un trozo de cartón cilíndrico se enrollaba el hilo de cobre formando una bobina, también podía enrollarse en forma de espiral ocupando menos espacio (ver n° 3 en el dibujo). Uno de sus extremos se conectaba a la antena (nº 1) los mismos barrotes de las ventanas eran ideales para tal fin) y en el otro extremo se Croquis de funcionamiento de la radio de galenaconectaba a una toma de tierra (n° 7), por ejemplo una tubería de agua. Opcional era instalar un pequeño condensador (n° 2) entre el hilo de antena y la bobina que actuaba como aislante de seguridad que separaba la toma de tierra de la antena. El condensador se fabricaba fácilmente con dos trocitos de papel metálico con el que se envolvía el chocolate. separados por un trocito de papel normal.

El hilo de la antena se ataba a una punta de alfiler o aguja (n° 4) que, con su punta, tocaba la piedra de galena (n° 5). Ésta, sujeta con cualquier pieza metálica (una plaquita arqueada, una punta doblada... etc.) se unía al hilo de toma de tierra. El auricular (n° 6) quedaba conectado al circuito, por un lado, con éste último cable y por otro a la toma de tierra. Con la aguja se iban tocando en diferentes zonas de la piedra hasta localizar el punto más sensible del mineral alcanzando así un suficiente nivel de audición.

Este curioso artilugio, como vemos fácil de montar y de ocultar, pues no medía más de 4x3 centímetros y podía desmontarse en pocos segundos sus cuatro piezas, tuvo en jaque a los funcionarios de prisiones de ambos bandos durante más de 40 años en los que la censura restringió con firmeza el derecho a la comunicación de los reclusos anteponiéndola el interés político de un país en guerra y, posteriormente, bajo los rigores de la dictadura militar.

Como ya hemos apuntado, en 1936 la única emisora que existía en la capital era Radio Jaén que estaba situada en una preciosa casa modernista de la Carrera (hoy calle Bernabé Soriano) que aún se conserva. La información divulgada por esta emisora estuvo censurada por el Frente Popular por lo que los presos “nacionales” se afanaban por sintonizar los partes de guerra y los moralizantes discursos del General Queipo de LLano a través de la emisora Radio Sevilla que podían escucharse desde nuestra provincia.

Pero no duró demasiado aquel medio, pues la censura abarcaba no sólo a los presos sino a toda una sociedad en estado de guerra. Para contrarrestar y anular la información que se recibía a través de «Radio Sevilla», se creó en Jaén «Radio Telégrafos» emisora que se ubicó en Jaén en la Iglesia de San Juan, emitiendo desde la antena de su torre, música y mensajes en la misma frecuencia de «Radio Sevilla», interfiriendo con la potencia propia de su proximidad y anulando, de esta forma, los mensajes del ejército sublevado.

Más suerte tuvieron los que, a través de las radios-galena, pudieron escuchar en la tarde del 28 de marzo de 1939 las alocuciones ante los micrófonos de Radio Jaén de teniente coronel Carlos Cuerda Gutiérrez para dar cuenta de la rendición y seguidamente lo hicieron el comandante José Villagrán Gansinoto y los falangistas Blas Huerta Gutiérrez, Ángel Madrid Moreno y Alfonso Vico Escamilla, anunciando la rendición de Madrid y la liberación de la ciudad. A las 10 de la noche sonó el himno nacional. La Guerra había terminado, no en cambio el sufrimiento.

A lo largo de la longeva vida del Caudillo, tras la contienda, también hicieron uso de las radios-galena los presos que sobrevivieron a su desproporcionada represalia. En la cárcel provincial de Jaén, donde en 1941 se hacinaban 4.000 hombres, no era difícil esconder los pequeños componentes de estas radios que intentaban captar las consignas y mensajes transmitidos por emisoras clandestinas, lo cual era harto difícil por la escasez de potencia que proporcionaban estas radios. Receptores que, con el paso de los años, fueron perfeccionándose incorporándole nuevos elementos que aumentaban su cobertura intentado conseguir sintonizar la famosa Radio Pirenaica (que, por cierto, con el tiempo se supo que no estuvo situada en los Pirineos sino en un país de la Europa del Este), la cual informaba puntualmente de los actos del dictador contra quien arremetía duramente al tiempo que alentaba a los recluidos.

Con el tiempo, la España enlutada y ensombrecida durante 42 años, vio luz con la plasmación de los derechos humanos contenidos en la Constitución de 1978. Los avances tecnológicos invadieron el mercado de receptores de radio plagados de chips, infrarrojos, circuitos electrónicos microminiaturizados, multifrecuencias, alta fidelidad, displays de cuarzo, memoria de sintonías, sintetizadores automáticos y sonido envolvente. Pero nadie podrá arrebatar a las humildes y artesanales radios-galena, fabricadas por nerviosas manos de presidiarios amparados en la noche, el inconmensurable servicio de su mágica piedrecita: el seguimiento del éxodo familiar, la búsqueda de alguna sonora esperanza, el reencuentro con el mundo libre, la cálida compañía de voces lejanas que regalaban solidaridad y, sobre todo, la necesidad de calmar aquel desasosiego desesperante sembrado por la intolerancia entre los hombres que, como hermanos, han vivido en la misma tierra. La nuestra.
  


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